Fundé DigitalDev y participo, en régimen de colaboración, en proyectos de otras empresas: SingularVision y Codeboys. Emito facturas a las diez de la noche, sigo de cerca a cada cliente y atiendo a quien necesita ayuda un domingo. No por heroísmo: porque sé exactamente lo que es ser un pequeño o mediano empresario — la operación no para el fin de semana, y a un lado y al otro no hay a quién pasarle el problema. No escribo esto para parecer cercano. Lo escribo porque es la única credencial que aquí importa:
uso aquello que construyo.
En paralelo, llevo más de dos décadas trabajando en una institución pública de implantación nacional. Allí entendí lo que es la escala de verdad: procesos que atienden a miles de personas, integraciones entre sistemas de ámbito nacional, plataformas construidas desde cero y mantenidas durante años. La diferencia de tamaño con una pyme es enorme; la naturaleza del problema es exactamente la misma.
He trabajado en sanidad, contabilidad, sistemas certificados por organismos públicos, industria manufacturera, marketing y comercio minorista. He integrado ERPs —ArtSoft, PHC, Devlop.System, SAGE— y sistemas que nadie actualiza desde hace veinte años. Es un recorrido poco vistoso, y precisamente por eso sirve para algo.
De lo que he resuelto, casi nada da para una buena diapositiva. En una clínica, las citas dependían de que alguien cogiera el teléfono: pasaron a entrar a cualquier hora, con la confirmación y el recordatorio saliendo solos, y las ausencias dejaron de ser una sorpresa del lunes. En una empresa que facturaba a mano, cada documento pasó a emitirse conforme a la normativa sin que nadie tenga que saber qué es una serie o un código de validación.
En otro sitio, el coste de envío era una estimación hecha con prisa en el mostrador —a veces a favor del cliente, a veces en contra— y pasó a calcularse en el momento, por peso y destino. En otro más, la mitad de los correos de soporte eran la misma pregunta: en qué punto está lo mío. Dejaron de llegar cuando la respuesta estuvo disponible sin necesidad de preguntar.
Ninguno de estos casos empezó con alguien pidiendo software. Todos empezaron con alguien diciendo «esto me lleva toda la mañana». Lo que queda al final no es la tecnología:
es la mañana.
Por eso, la mayoría de las veces que me llaman para «construir una cosa», la respuesta no pasa por construir nada. Pasa por cambiar dos pasos del proceso. Lo digo incluso cuando no me conviene.