Fundé DigitalDev y participo, en régimen de colaboración, en proyectos de otras empresas — SingularVision y Codeboys. Emito facturas a las once y media de la noche, sigo de cerca a cada cliente y atiendo a quien necesita ayuda un domingo. No por heroísmo ni por adicción al trabajo: cuando los procesos están desorganizados, la semana se queda corta para todo lo que hay que resolver, y lo que sobra se empuja a la noche y al fin de semana. Eso es exactamente lo que ayudo a resolver — para que quede tiempo para vivir un poco del resultado del propio esfuerzo. No lo digo para parecer accesible. Lo digo porque sé lo que es abrir un negocio e intentar
alcanzar los objetivos que uno se marcó.
Hace más de dos décadas que trabajo en una institución pública de implantación nacional, y fue allí donde aprendí lo que es optimizar procesos de verdad: procesos que sirven a miles de personas, integraciones entre sistemas de ámbito nacional, plataformas construidas desde cero y mantenidas durante años. Fue esa experiencia la que me dio la visión de lo que una optimización real cambia en el día a día de quien hace el trabajo. La diferencia de dimensión con una pyme es enorme; la naturaleza del problema es exactamente la misma.
Veinticinco años construyendo software me enseñaron menos sobre tecnología que sobre la forma en que los problemas se disfrazan. Rara vez el problema es el que me presentan. Se pide un informe nuevo, y lo que falta es que el dato esté bien a la entrada. Se quiere contratar a otra persona, y lo que hay es media semana de trabajo que nadie debería estar haciendo. Por eso, antes de proponer nada, mido: cuántas veces por semana, cuántos minutos cada vez, cuántas personas pasan por el mismo papel. No es glamuroso, y es la única forma de saber si merece la pena tocarlo — y cuánto vale.
Casi siempre merece la pena, porque la cuenta es implacable. Un paso manual de veinte minutos, tres veces al día, son más de doscientas horas al año: el equivalente a mes y medio de trabajo de una persona, pagado todos los años, que no aparece en ninguna partida de la contabilidad porque está diluido en los salarios. Pero el coste que se recupera es la parte pequeña. La grande es la que se deja de perder — el presupuesto que tardó tres días en salir y se fue a otro, el cliente que se cansó de esperar respuesta, la factura que nadie se acordó de emitir. Y luego llega la capacidad: el mismo equipo absorbiendo más trabajo sin contratar a nadie. Ahí es donde esto deja de ser ahorro y pasa a ser margen.
Ninguno de estos problemas llega como una petición de software. Llegan todos con una frase dicha de pasada — «esto me lleva toda la mañana», «tengo que hacer esto dos veces», «esto solo lo sabe hacer una persona». Nadie llama a eso un problema; a eso se le llama lunes. Y es precisamente por no tener nombre que dura años. Lo que se devuelve al final no es una herramienta:
es la mañana.
Por eso, cuando me llaman para «construir una cosa», la respuesta la mayoría de las veces no pasa por construir nada. Pasa por cambiar dos pasos, o por activar una funcionalidad que ya estaba pagada y apagada. Lo digo incluso cuando no me conviene — y esa es la razón por la que vale la pena escucharme cuando digo que esta vez sí hay que construir.